Patria mía

Todo aquél que desee sinceramente la paz y la justicia internacional debería renunciar de una vez y para siempre a lo que se llama la gloria, el poder y la grandeza de la patria, a todos los intereses egoístas y vanos del patriotismo.

Mijaíl Bakunin

Nosotros siempre hemos luchado contra el patriotismo, que es una supervivencia del pasado, y sirve a los intereses de los opresores; y nos enorgullecemos de ser internacionalistas, no solo de palabra, sino por los sentimientos profundos de nuestras almas.

Errico Malatesta

 

El personaje de Martín Echenique en la película Martín (Hache) dirigida por Adolfo Aristarain sostiene que “el que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental, la patria es un invento…una estadística, un número sin cara…”. Más allá de la contundencia de esta afirmación, el sentirse patriota y el creerse que como individuo uno tiene una cierta pertenencia a determinado país, va más allá de la mera estupidez mental. La construcción simbólica de la patria que opera narratológicamente nos interpela como sujetos. Esta operación discursiva es fundamental para la consolidación de los Estados modernos, y por lo tanto, para la consolidación de la miseria y la desigualdad instaladas por la violencia pérfida del despojo y del exterminio.

Más allá del debate histórico, de la certeza de los hechos empíricos concretos, lo que es ineludible para vislumbrar la construcción de la patria es la cuestión historiográfica (cómo es que efectivamente se narra la Historia, de qué forma narratológica se construye esa Historia, qué se selecciona, qué se desecha, cuáles son los registros históricos que se profundizan y cuáles son mencionados como superfluos). Con respecto a nuestra querida patria, la operación que se ha realizado está fundada en el aspecto militar.

La patria se construye narrativamente desde un lugar plenamente militar. De este modo, no es casual que nuestro “padre de la patria” sea San Martín, un hombre de guerra. Al inscribir a San Martín como nuestro “padre de la patria”, nuestro libertador, se selecciona un modo de construir discursivamente la Historia, un modo que se inscribe en las gestas militares épicas y dan lugar al mito de origen patriótico.

Ahora bien, este mito de origen patriótico (como todo mito) tiene sus múltiples interpretaciones, sus infinitos puntos de vista. ¿Cuándo nace la patria? ¿En la Revolución de Mayo de 1810, en la Independencia de 1816, en la Constitución Nacional de 1853, o en la consolidación del Estado en 1880? Por mencionar sólo una de las aporías de la construcción del mito de origen, si afirmamos que nace en 1810, ¿en qué lugar situamos al “padre de la patria” que en ese entonces no estaba en suelo “argentino”, sino que estaba luchando por la Corona española? Dejemos de lado estos caminos sin salida. El punto a resaltar, lo que tenemos que percibir y analizar críticamente son las consecuencias que generan este mito fundador del origen de la patria.

La patria, invención demagógica y artificial basada en una moral irrelevante para todo bienestar social que divide y enfrenta al ser humano. Espacio abstracto, fantasmal e inicuo que está a la espera de ser utilizado por los reaccionarios recalcitrantes, por los fascistas totalitarios y por los demócratas liberales. En este sentido, el concepto fantasmal de la patria, es utilizado, por un lado, no sólo en las execrables declaraciones de guerras entre los Estados, de ahí que surjan los siguientes discursos: defender a la patria del enemigo invasor, o lo que es más ilusorio aun, de la supuesta invasión siempre latente; y llevar la democracia a países o territorios “bárbaros”, “no civilizados”. Toda esta discursividad esconde siempre el claro propósito de la colonización, la destrucción y apropiación de recursos y el despojo de pueblos enteros con el fin de maximizar ganancias entre los Estados y la industria armamentística, entre otras. Además, otro de los objetivos es balcanizar territorios para así lograr un mayor control coercitivo sobre los mismos. Por otro lado, también se utiliza la abstracción patriótica con el sentido de establecer una sociedad binaria (“Patria o Macri”, por ejemplo) con el falso presupuesto del valor democrático del voto. La cuota de democracia que cada sujeto tiene, sea clase de baja, media o alta, es el papel en la urna. Las ilusorias fantasías que se generan con el voto dejan a cada cual con la esperanza intacta: el pobre aspira a rasguñar la clase media, o por lo menos, sobrevivir; la clase media ruega por no caer en la pobreza, mantener la aspiración de escalar económicamente y sostener lo obtenido; y la clase dominante exime sus culpas y se siente reconfortada porque cada sujeto de la sociedad tiene su cuota de democracia, no se siente culpable por sus robos ya que la “igualdad de oportunidades” se hace presente, así, nadie pierde. Todos satisfechos.

La utilización del concepto de la patria se demuestra concretamente en uno de los episodios que puede definirse como el último recurso infame de la dictadura cívica-militar del `76 para conseguir adhesiones. El 30 de marzo de 1982 se produce una de las primeras grandes movilizaciones contra la dictadura, tres días después, el 2 de abril, otra gran manifestación en apoyo a la Guerra de Malvinas. Apoyo ciego, patriotero y estúpido (acá es difícil no darle la razón a Martín H) que inundó una Plaza de Mayo repleta cantando el final del himno nacional mientras un nefasto y execrable militar pregonaba “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”.

A pesar de que fueron dos manifestaciones de diferente índole, no es ilógico pensar que alguien haya estado presente en ambas. Ahí radica la eficacia del discurso simbólico de la patria. Es capaz de unir las diferencias más radicales, conciliar al verdugo y a la víctima con tal de defender a la patria del extranjero, del otro, del intruso, tanto externo como interno. Defensa que siempre va a ser en beneficio de los fratricidas que manejan el Poder.

Hay que aclarar que la Anarquía no busca la repulsión hacia todo suelo, región o territorio en el que el individuo nació, creció y entabló relaciones. Se puede tener un gran afecto por la región en la que uno ha crecido. Lejos de esto está ese amor ciego a la patria política, hacia el Estado, hacia la maquinaria de tortura y hostigamiento de la cual somos la carne en la que Él inscribe su Ley:

El Estado no es la patria; es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política y jurídica de la patria. La gente sencilla de todos los países ama profundamente a su patria; pero éste es un amor natural y real. El patriotismo del pueblo no es sólo una idea, es un hecho; pero el patriotismo político, el amor al Estado, no es la expresión fiel de este hecho: es una expresión distorsionada por medio de una falsa abstracción, siempre en beneficio de una minoría explotadora (Bakunin).

“Seamos patrióticos”, “defendamos la patria”, “confunden el desfile militar, los símbolos patrios, con la dictadura militar”, etcétera, etcétera, etcétera. Habría que aclararles, o hacerles recordar, a los fervorosos defensores de la abstracción inicua que el proceso político desde 1852 hasta la consolidación del Estado moderno argentino en 1880 a costa del exterminio de los pueblos originarios del sur en la “Campaña del desierto” de 1879 se autodenominó “Proceso de Organización Nacional”, y que la última dictadura cívica-militar-empresarial-eclesiástica se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”. ¿Mera coincidencia lingüística? ¿U otra significación de los efectos de la narración?

El desafío enorme es la auto-organización. El acuerdo mutuo remplaza las despreciables leyes del opresor. Ningún Estado, ninguna patria política que discipline y regule nuestras vidas, nuestros recursos. ¡Para todxs todo! Asumir que tenemos la necesidad de bienestar real, nos corresponde, y no ningún derecho ambiguo y contradictorio como “derecho al trabajo”. La inmensa riqueza que el ser humano ha creado a través de la tecnología y la ciencia no le corresponde a nadie y, a la vez, es de todxs. La fuerza de los brazos y la fuerza de la mente que aportan un bienestar social es una construcción colectiva que se ha ido edificando y mejorando a través de la historia. ¿Con qué derecho, entonces, una persona, una familia, un Estado, una empresa, se apropia de eso que pertenece indefectiblemente a todxs?:

Todo se entrelaza: ciencia e industria, saber y aplicación. Los descubrimientos y las realizaciones prácticas que conducen a nuevas invenciones, el trabajo intelectual y el trabajo manual, la idea y los brazos. Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en la conjunción del trabajo manual e intelectual del pasado y del presente. Entonces, ¿con qué derecho alguien se apropia de la menor parcela de ese inmenso todo y dice: “Esto es sólo mío y no de todos”? (Kropotkin, 2005, p.26).

El mito fundacional del origen de la patria, la instigación a defenderla con la vida, el orgullo y el sentido de pertenencia hacia un determinado país, hacia una determinada patria política, son algunas de las construcciones simbólicas necesarias para la consolidación y el posterior funcionamiento del Estado moderno. Lo estrecho del pensamiento nacionalista y patriotero que conlleva a la xenofobia, a ver al otrx como lo abyecto, a proclamarse superior, a diagramar guerras geopolíticas estratégicas para la apropiación de recursos, al despojo de pueblos enteros, es sobrepasado por la Libertad total del individuo y de la sociedad. La solidaridad, el apoyo mutuo, la fraternidad y el internacionalismo son las construcciones y las prácticas necesarias para el bienestar social e individual y no encuadres, barreras, fronteras, muros y límites tanto físicos como mentales, ambos de una enorme ficcionalidad. La Libertad no se puede encuadrar en límites artificiales demarcados por el político o militar de turno.

La Libertad no tiene patria.

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Vladimirovich

Referencias bibliográficas

Bakunin, Mijaíl. “Patria y Nacionalidad”. Filosofía y pensamiento [en línea]. Sin fecha. Fecha de consulta: 15/06/2017. Disponible en: http:// http://www.alcoberro.info/V1/anarquisme4.htm

Kropotkin, Piotr. La conquista del pan. Buenos Aires: Libros de Anarres, 2005.

Malatesta, Errico. “Los anarquistas han olvidado sus principios”. Archivo Errico Malatesta. 27/10/2009. Fecha de consulta: 15/06/2009. Disponible en: https://archivoerricomalatesta.wordpress.com/category/los-anarquistas-han-olvidado-sus-principios/


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