¿Alguien dijo violencia?

Esta sociedad de la jerarquía y el dinero produce todos los días violencia y, al mismo tiempo, un espeso sistema de anestesias morales con qué soportarlas. La capacidad de percibir la violencia requiere por tanto, un esfuerzo y es un requisito necesario para rebelarse. Las relaciones sociales son un gran y complicado juego de solapamiento de la brutalidad.

-El precio de todo un mundo publicado en

Canenero.

Efectivamente, esta sociedad de la jerarquía y el dinero produce una violencia diaria inconmensurable, pero sin embargo, a través de diversos mecanismos, logra que la misma sea tolerada, naturalizada e incluso defendida por sus víctimas. Así, a más de dos meses de la desaparición forzada del compañero Santiago Maldonado, aunque el gobierno y sus esbirros continúen negándolo, gran parte de la población ha estado saliendo a las calles a manifestarse y pedir por su aparición. Algunos motivados por un verdadero sentimiento de memoria, fraternidad y solidaridad, otros en cambio, por pura conveniencia política. Las expresiones más comunes fueron: portar grandes carteles, fotos impresas en hojas A4, muchas banderas de diversos colores y tamaños, cánticos (uno de ellos, bastante violento dice “las balas que vos tiraste van a volver”, aunque creo que es más simbólico que nada, ya que ven volar una piedra y se indignan), y otras interesantes expresiones más. Obviamente, para reforzar dichas acciones, las mismas son debidamente acompañadas con fotos, selfies y opiniones en las redes sociales. Luego de las palabras de distintos oradores, la jornada de lucha termina y todos se retiran a sus casas a dormir, ya que una dura jornada laboral aguarda al día siguiente, y mejor no llegar tarde ni cansados al laburo…

El despertar es el mismo que ayer, anteayer y todo el año. La alarma suena a su hora debida, una ducha rápida, algo para masticar y a trabajar. Acompañando al ciudadano a lo largo de toda la jornada en radios, televisores, diarios y celulares, estarán los siempre “informados y honestos” periodistas, con sus pulcros atuendos y un fuerte “sentido común”, hablando sobre un chico no muy inocente que se encuentra desaparecido hace más de dos meses y que, a pesar de que todas las hipótesis presentadas por el Estado (el gran Jefe) para salvar a la gendarmería sean desmontadas, continúan diciendo: “es necesario mantener la calma. Es trabajo del Estado dirimir el asunto, todos debemos colaborar y dejar que la justicia avance”. El mayor énfasis será puesto en el hecho de que si algunos tienen ganas de protestar o manifestarse, deberán hacerlo de forma “civilizada” y “democrática”, apelando a que “debemos estar todos unidos por el futuro”, resultando innecesario alterar el orden y perjudicar al país. En esta sociedad no hay lugar para el desorden.

Por ello, el Poder tolerará a los ciudadanos que se manifiesten públicamente pero de forma pacífica, fomentando ante todo, la obediencia y la pasividad. No es muy difícil notar la falsa oposición de dichos métodos, ya que, al fin y al cabo, protestar es un derecho que se nos otorga y, como todo derecho, refuerza el poder de quien tiene la autoridad y la facultad de concederlo, afianzando así su relación de dominio sobre el otro. Pero ¿qué pasa cuando la protesta se sale de los márgenes legales impuestos por los gestores del Estado/ Capital? ¿Qué pasa cuando algunos revoltosos que recurren a la vieja y oxidada acción directa, rasgan el velo democrático e interrumpen el espectáculo capitalista? Allí están: son los violentos, los anti-democráticos, los infiltrados, los fascistas, los aventureros, los provocadores, los adolescentes, los terroristas, los amantes del desorden. Son los anarquistas.

Así, acciones como la colocación de artefactos explosivos en el Círculo de Suboficiales de Gendarmería Nacional en Córdoba, o ataques con piedras y bombas molotov a distintas estructuras del Estado que han ido sucediendo a raíz de la desaparición de Santiago Maldonado, son vistas como “irresponsables provocaciones contra la democracia” y no como acciones consecuentes con una fuerte memoria de nuestra historia como oprimidos, como el resultado lógico de entendernos todos nosotros como los únicos encargados de hacer que las palabras “nunca más” sean una realidad y no una mera consigna que el Estado debería hacer cumplir. Es nuestra obligación como individuos responsabilizarnos y dejar de delegar en las instituciones autoritarias que supuestamente velan por “la seguridad de todos nosotros”. Ya no pueden jodernos más, los oprimidos no debemos tolerar más desaparecidos, es prioridad entender que la lógica del “algo habrá hecho” y mirar para otro lado se cobró un saldo de 30.000 desaparecidos.

Los episodios de violencia contra el Estado son la manifestación práctica de una sensibilidad anti-autoritaria que se apoya en la historia de los perdedores y en los sueños rebeldes de libertad que no permite quedarse de brazos cruzados mientras matan a nuestros hermanos y hermanas. ¿Acaso esto quiere decir que somos violentos? No y sí. Como anarquistas somos pacíficos, es decir que aborrecemos la violencia y luchamos por un mundo en el cual ésta se vea reducida a su mínima expresión. El problema es que en la sociedad actual la violencia es estructural y es ejercida por el Estado, institución que posee el monopolio “legítimo” de la violencia. De hecho, es ésta la característica fundamental que nos enseñan en la escuela y la universidad. Son los mismos teóricos del Estado quienes afirman que la violencia es una pieza fundamental para vivir en sociedad, justificándola por medio de las famosas teorías del contrato social [1] que son tan abstractas que parece un chiste que la sociedad se apoye realmente en dichos textos. Justificado discursivamente de esta forma, nos encontramos viviendo en un mundo en el cual a pesar de que al Estado se lo quiera hacer pasar como un aparato neutral que vela por el interés común de todos los ciudadanos que habitan dentro de sus fronteras, principalmente a través del circo electoral, unos pocos tienen la posibilidad de imponer las condiciones de vida a una gran mayoría.

Entonces, como decía Malatesta, los anarquistas “somos enemigos del Estado que es la organización coercitiva, es decir violenta de la sociedad”, y entendemos que la violencia que se ejerce en contra de éste no es violencia, sino que más bien es autodefensa, es una violencia que responde a la violencia estructural, institucionalizada de la sociedad. La misma busca liberar y no oprimir, ya que surge del sentimiento de dignidad del individuo. Es este sentimiento el que lleva a los individuos a auto-organizarse, convirtiéndose en un peligro para el Estado y todos los que aspiran a ser Estado en el futuro cercano (peronistas, radicales, zurdos, etc.). Todos los que creen que la jerarquía y la autoridad son necesarias para vivir le tienen muchísimo miedo a la libertad de organizarse sin líderes, porque la misma ataca los pilares centrales de la democracia: la jerarquía, la pasividad y la delegación. La auto-organización logra que los individuos se den cuenta de sus potencias reales, de sus posibilidades para organizarse y tomar decisiones en primera persona, experimentando relaciones cara a cara sin mediación, combatiendo allí mismo, en la forma de relacionarse, al Estado.

Un discurso bastante extendido cuando suceden este tipo de acciones “violentas” es que justifican la represión, o que antes de atacar hay que “empoderar a la gente”. En primer lugar, que haya consenso no quiere decir que haya paz. Ya todos sabemos que vivimos en una sociedad clasista, y que estas clases tienen intereses irreconciliables (de allí se deduce que el colaboracionismo de clases, que en la Argentina se expresó en el peronismo, siempre fracasará). Por ende, el consenso es una falsa paz, ya que busca tapar la guerra social que estamos viviendo. Evidencia de ello son las leyes, las cárceles, la policía, las cámaras, los juzgados, las villas miserias, etc. La paz la tendrán ellos siempre y cuando los oprimidos se queden de brazos cruzados. Pero eso no quiere decir que no haya represión. La represión no viene después de un ataque, la represión es constante y se ejerce desde todas las estructuras, tanto desde la televisión (más claro que nunca con el montaje mediático de Clarín, La Nación, etc que buscan limpiar de suciedad al gobierno, a la vez que criminalizan cualquier acto de rebelión en contra del Estado), como desde la policía, hasta la cárcel, la escuela, etc. El sistema necesita de todas estas estructuras para consolidar el consenso. Cuando las palabras se convierten en acciones y se interrumpe el espectáculo de la falsa paz democrática, el garrote, el plomo y la cárcel estarán listos para todo aquél que ose atacar este sistema de muerte. Por ende, el ataque a las estructuras no “justifica” la represión, sino que la hace evidente, hace visible lo que nadie quiere ver: la violencia del Estado/capital.

Un ejemplo ilustrativo sobre a lo que lleva el pacifismo frente a la violencia de quienes buscan oprimir, fue el surgimiento de la Alemania Nazi: cuando éstos empezaban a manifestarse en las calles y a provocar a la población, la respuesta era “no respondamos a la violencia con más violencia”. De esta forma, se les facilitó el camino hacia el Poder a los Nazis y buen, ya todos sabemos lo que sucedió después. Pensar que las clases dominantes dejarán de explotar y ser violentas si somos pacíficos es como pensar que un tigre no nos va a comer por ser vegetarianos. Como dijo un compañero: “el lobo solo entiende el lenguaje del lobo”.

En cuanto al discurso de “empoderar a la gente”, ¿qué mejor manera de darse cuenta de las posibilidades y potencias de cada individuo que conforman el “pueblo” que ejerciéndolas? Empoderar a la gente no es sumarlas a filas de determinado partido y esperar a ser gobierno o legisladores para “representarlos”, reforzando la pasividad y la espera. En cambio, los anarquistas alentamos a la auto-organización de la gente, deseamos que la gente resuelva los problemas a su manera, teniendo en cuenta la situación particular en la que se encuentran, y no en base a una moralidad o ideología previamente delineada por profesionales de la política y la revolución.

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Fran Fridom

Nota

1. Son las teorías contractualistas del Estado desarrolladas por Locke, Hobbes y Rousseau.


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