¿Socialismo utópico?

La dictadura de la burguesía o del proletariado, es siempre tiranía y la libertad no puede alcanzarse por medio de la tiranía.”

Ricardo Flores Magón. 14 de Febrero 1921

Si no aspiramos al poder, ¿por qué ayudar a los que aspiran a él?

Errico Malatesta. 7 de febrero de 1897

Clásicas obras del anarquismo como ¿Qué es la propiedad?Estatismo y Anarquía y La conquista del pan muestran un análisis científico y sociológico digno de consideración. Estas obras rechazan las infundadas críticas del socialismo autoritario marxista que trata al anarquismo como “socialismo utópico” al mismo tiempo que se adjudica por sí solo la cualidad de “socialismo científico”. El mismo Karl Marx, en su obra La sagrada familia de 1844, elogia de una manera notable al texto de Proudhon ¿Qué es la propiedad? (Texto de 1840, publicado 8 años antes que el Manifiesto Comunista):

Proudhon no escribe solamente en nombre de los proletarios; él mismo es un proletariado. Su obra es el manifiesto científico del proletario francés y presenta una importancia histórica distinta de la elucubración literaria de un crítico cualquiera […] Proudhon somete la base de la economía nacional, la propiedad privada, al primer examen serio, absoluto al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea, por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía nacional.[1]

Luego, Marx, debido a su dogmatismo y autoritarismo, criticará al anarquista francés por el resto de su vida y tildará al movimiento anarquista de pequeñoburgúes, socialismo utópico y contrarrevolucionario, entre otras cosas. Algo que será retomado por el comunismo autoritario y estatista. Este párrafo extraído de las correspondencias entre los dos pensadores da cuenta de la posición de ambos. Aquí, luego de que Marx invitara a Proudhon a entablar relación entre lxs diferentes socialistas de la época, éste le contesta:

Busquemos juntos, si usted quiere, las leyes de la sociedad; las formas en que esas leyes se realizan; el proceso según el cual llegamos a descubrirlas; pero, ¡por Dios!, después de haber derribado todos los dogmatismos a priori no pensemos en doctrinar al pueblo a nuestro modo…Aplaudo con todo mi corazón su idea de publicar un día todas las opiniones; hagamos una buena y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una tolerancia sabia y previsora; pero, por estar a la cabeza del movimiento, no nos hagamos los jefes de una nueva religión, aunque fuera esa religión la religión de la lógica, la religión de la razón. Recibamos, animemos todas las protestas, condenemos todas las exclusiones, todos los misticismos; no consideremos jamás una cuestión agotada y cuando hayamos utilizado hasta nuestro último argumento, empecemos de nuevo, si es necesario, con elocuencia e ironía. Con esta condición entraré con placer en su asociación; si no, no.[2]

Por otra parte, la obra Estatismo y anarquía de Mijaíl Bakunin deja en claro los fundamentos filosóficos y sociales del anarquismo. Su posición es diferencial con respecto al socialismo autoritario que busca el Poder estatal otorgando, de esta manera, privilegios a una minoría elitista que gobierna en nombre del pueblo. Bakunin observa que reforzar una maquinaria de opresión que en esencia es violenta y autoritaria es un sinsentido. Por eso mismo, la radical diferencia con el anarquismo es que éste busca que los fines estén contenidos en los medios. Si se busca la libertad, la emancipación de la sociedad y la abolición de toda explotación para alcanzar la igualdad económica mediante la unión libre de las asociaciones de las y los trabajadores, ¿qué lógica tiene que el programa mecanicista y “revolucionario” sea la conquista “transitoria” (que en realidad se vuelve permanente) del Estado? ¿Qué sentido tiene convertirse en una minoría jerárquica, autoritaria y centralista que “representará” a toda la sociedad y que se jacta de saber y entender la voluntad del pueblo?

El anarquismo plantea la auto-representación, la toma de decisiones por la población misma, la organización libre de la vida de acuerdo a las necesidades del pueblo, “la organización federal, de abajo a arriba, de las asociaciones obreras, de grupos, de comunas, de cantones, y en fin, de regiones y de pueblos”. El anarquismo, por lo tanto, aspira a la destrucción del Poder, del Estado-Capital, dicotomía necesaria para significar ya que no existe uno sin el otro. Busca la abolición del Estado pero sobre la igualdad económica, clave diferencia que lo aleja de la miseria de todas las variantes del Capital, ya sea Estado intervencionista o neoliberalismo. En fin, cuando se habla de  anarquismo se habla de comunismo, pero no de ese que envidia al Poder, de ese “comunismo” parlamentario, jerárquico, centralista, autoritario, en una palabra: estatista, sino del comunismo en libertad. Por lo tanto, para el anarquismo, aspirar a reforzar y a conquistar el Estado es querer seguir manteniendo la desigualdad en la sociedad. La desigualdad violenta ya que el Estado es violencia, la dominación por la violencia, sea de la máscara que sea:

[…] ningún Estado, por democráticas que sean sus formas, incluso la república política más roja, popular solo en el sentido mentiroso conocido con el nombre de representación del pueblo, no tendrá fuerza para dar al pueblo lo que desea, es decir la organización libre de sus propios intereses de abajo a arriba, sin ninguna injerencia, tutela o violencia de arriba, porque todo Estado, aunque sea el más republicano y el más democrático, incluso el Estado pseudopopular, inventado por el señor Marx, no representa en su esencia, nada más que el gobierno de las masas de arriba a abajo por intermedio de la minoría intelectual, es decir de la más privilegiada, de quien se pretende que comprende y percibe mejor los intereses reales del pueblo que el pueblo mismo.[3]

Por último, la obra La conquista del pan de Piotr Kropotkin es un análisis exhaustivo de cómo es la organización revolucionaria anarquista. Una obra dividida en 17 capítulos que detalla una forma de organización social en la cual prima el apoyo mutuo y el acuerdo libre de lxs individuos que la integran. Kropotkin, al igual que sus antecesores en el pensamiento revolucionario, también rechaza, sin dudas, el programa del socialismo autoritario:

Nuestro comunismo no es el de los falansterianos ni el de los teóricos autoritarios alemanes, sino el comunismo anarquista, el comunismo sin gobierno, el de los hombres libres. Ésta es la síntesis de los dos fines perseguidos por la humanidad a través de los siglos: la libertad económica y la libertad política.[4]

Los Estados con toda su maquinaria legal, educativa y propagandística han querido asfixiarnos entre sus muros. Nos han impuesto mediante la violencia física e intelectual una verdad dogmática, férrea e inexorable: por fuera del Estado no hay nada. Sintagma que revela la fuerza dictatorial del Estado, que demuestra que es lo opuesto a la libertad y a la libre organización de lxs individuos para el bienestar social y que, por tales razones, es una necesidad imperiosa abolir en la práctica dicha sentencia fantasiosa:

Todos hemos sido amamantados con prejuicios acerca de las funciones providenciales del Estado […]. Toda la política se funda en ese principio, y cada político, cualquiera que sea su matiz, dice siempre al pueblo: “¡Dame el poder; quiero y puedo librarte de las miserias que pesan sobre ti!”. Desde la cuna a la tumba todas nuestras acciones son dirigidas por este principio. Al abrir cualquier libro de sociología, de jurisprudencia, se encuentra siempre al gobierno, con su organización y sus actos, ocupando un lugar tan importante que nos acostumbramos a creer que por fuera del gobierno y de los hombres de Estado no hay nada.[5]

Ejemplos, entre otros, de que por fuera del Estado sí hay algo son los procesos revolucionarios del Territorio Libre de Ucrania (1918-1921) y de la España revolucionaria (1936-1939). El movimiento de Makhno consiguió ocupar en Ucrania un territorio de unos 60.000 km2 con unos millones de habitantes.[6] Y en la Revolución española, unxs dos millones de españolxs, de unxs diez millones de asalariadxs del territorio republicano, vivían practicando la autogestión.[7]

Nosotrxs, por lo tanto, postulamos este sintagma: por fuera del Estado está la Libertad. Por fuera del Estado está la Anarquía. Es decir, la radical posición de no querer ser opresor ni oprimidx (Malatesta). La máxima expresión de orden fluctuante a las necesidades materiales e intelectuales de todxs lxs habitantes de la Tierra, vinculada a la más genuina libertad y sedimentada por un acuerdo equitativo y solidario. La Anarquía es la igualdad económica y social ejercida en un espacio de libertad donde las diferencias cohabitan. Es la participación directa de lxs individuos en la organización social a escala comunal regida por un principio federativo. Organización que se aleja de toda coacción estatal centralizada para basarse en el apoyo mutuo y la solidaridad de las diferentes comunas que la integran. Sin líderes ni partidos y con los fines contenidos en los medios, la Anarquía es la construcción de asociaciones libres de trabajadorxs, que implica la autonomía de las fuerzas asociadas, llevadas a cabo en la horizontalidad y cuyo fin es el máximo bienestar social.

Roscigna

Notas

[1]             NOTICIAS Y ANARQUÍA. “Nacimiento del anarquismo: Pierre Joseph Proudhon”. Noticias y Anarquía [en línea]. Marzo del 2013. Fecha de consulta: 29 de marzo de 2017. Disponible en: https://noticiasyanarquia.blogspot.com.ar/2013/03/nacimiento-del-anarquismo-pierre-joseph.html

[2]             EL REFRACTARIO. “Correspondencia entre Karl Marx y Joseph Pierre Proudhon”. El Refractario [en línea]. Fecha de consulta: 29 de marzo de 2017. Disponible en: http://elrefractario.blogspot.com.ar/2008/03/correspondes-entre-carl-marx-y-joseph.html

[3]             Mijail Bakunin, Estatismo y anarquía, Anarres, Buenos Aires, 2013, p.31.

[4]             Piotr Kropotkin, La conquista del pan, Anarres, Buenos Aires, 2005, p.46.

[5]             Ibíd, p.47.

[6]             Ibíd, p.12

[7]             Ibíd, p.13

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