¡Muerte al Estado, que viva la Anarquía!

Una de nuestras frases favoritas dice así: “¡Muerte al Estado, que viva la Anarquía!” Frase corta pero profunda, como casi todas las buenas frases. Que sea corta hace que sea fácil de recordar y reproducir. Pero a veces sucede que las frases se quedan cortas, y no llegan a expresar todo su contenido o su implicancia[1], volviéndolas superficiales. El texto que sigue contiene unas reflexiones básicas respecto a nuestra lucha como anarquistas. Como siempre, no buscan bajar línea, sino sumar al debate intentando afilar nuestras ideas y por ende, nuestras prácticas. Nuestros textos, al igual que nuestras prácticas, no buscan ser cerrados, sino al contrario, son diálogos e incluso invitaciones. Queremos que nos respondan, queremos debatir ideas y profundizarlas, sin separarlas nunca de lxs cuerpxs que las expresan.

Todo pastor necesita ovejas

Bien, decíamos: “¡Muerte al Estado, que viva la Anarquía!” Cuando lxs rojxs y lxs peronistas escuchan esa frase, lo primero que nos dicen es “pequeñxs burgueses”. ¿Por qué?, porque según ellos, hablar de libertad individual es de burgués, ya que la proletaria tiene que poner el bien común -identificados por ellxs como el Estado- antes que su individualidad. “¿Cómo pueden lxs anarquistas querer, al igual que los burgueses, la destrucción del Estado?” dicen escandalizados y henchidos de un espíritu “patrio” o “trabajador”. Como siempre, las diferentes posturas radican en la posición que se tiene frente a las relaciones de Poder. La mayoría -por no decir todas- de las filosofías occidentales no quieren la libertad, sino que todo lo contrario: le temen, y consideran a la autoridad, el Poder, la jerarquía, líderes, jefes, leyes, jueces, castigos, etc., y todas esas cosas que solamente se justifican abstractamente en nombre de Dios, la Historia, el Progreso, la Moral, las leyes, la Opinión Pública, el Orden, etc., como necesarias e inevitables. “¡Qué se le va a hacer!” nos dicen, “Hay que ser realistas, si no hay nadie que gobierna, esto es un desastre”. Y buen, habrá que entenderles, al fin y al cabo, sus filosofías son profundamente occidentales[2]. Para Marx, “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario”[3], evidenciando así su amor por la eficiencia y el progreso tecnológico del Estado capitalista. Las raíces occidentales del marxismo se logran entender mejor si lo acompañamos de esta otra cita:

¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?; ¿lo es que los enérgicos yanquis, mediante la rápida explotación de las minas de oro que existen allí, aumenten los medios de circulación, concentren en la costa más apropiada de ese apacible océano, en pocos años, una densa población y un activo comercio, creen grandes ciudades, establezcan líneas de barcos de vapor, tiendan un ferrocarril desde Nueva York a San Francisco, abran en realidad por primera vez el Océano Pacífico a la civilización y, por tercera vez en la historia, impriman una nueva orientación al comercio mundial? La “independencia” de algunos españoles en California y Tejas sufrirá con ello, tal vez; la “justicia” y otros principios morales quizás sean vulnerados aquí y allá, ¿pero, qué importa esto frente a tales hechos histórico-universales?[4].

No por algo el “sujeto revolucionario”, según ellxs, eran lxs proletarixs que engendrarían la industrialización burguesa. Querían que ésta se expandiese por todo el globo, porque así estábamos avanzando en el sentido correcto de la Historia. Su Dios es la Historia, el Progreso, el Estado que encarna dicho Progreso, y lxs individuxs no pueden más que someterse a esa necesidad histórica. ¿Pero cómo hablar de libertad luego de eso? ¿Acaso somos meramente esclavos de la Historia? ¿Acaso no existe la libertad? En el caso de los peronistas, dejemos que José Pablo Feinmann lo explique:

¿Qué es entonces la Lealtad? Es aquello que liga a todos con Dios. La Lealtad es en el peronismo, lo que la Fe es en la religión (…) Todos tienen que ser leales al conductor. El conductor, en exterioridad, otorga unión, armonía a un movimiento en sí caótico. La Lealtad es la argamasa que estructura al movimiento, que lo torna uno”[5].

Como podemos ver, ambas filosofías son arborescentes, ascendentes, jerárquicas. Una basada en el Progreso, la Historia, y por ende en la vanguardia iluminada que “la va a saber interpretar”, y la otra en Dios o su representante en la Tierra, el/la Conductor/a del Movimiento.[6] El individuo es, para ellxs, meramente una cosa que debe sacrificarse por el progreso unidireccional de la Historia (preferentemente occidental). Chorrean esclavitud por todos lados.

Bajo estos puntos de vista, toda ausencia de gobierno equivale a una falta de orden, a un caos, al desorden y por ende -les encanta decir esto para pegarnos- a la Anarquía. Este es el típico razonamiento occidental proveniente del platonismo, el cristianismo y sus ulteriores derivaciones, que nos inyectan en las escuelas y las universidades. Para estas corrientes, las cosas, la vida, la Historia, tienen un sentido lineal y acumulativo, lógico, objetivo, progresivo, ascendente, una concatenación racional y necesaria de la Historia, o de la voluntad divina del Señor o su representante en la tierra, el “Conductor” o la “Jefa”. Buscando justificar su Poder, unxs citan a Dios y otrxs a la Historia. Sin embargo, digan lo que digan, ambas son metafísicas y terminan supeditando su práctica a una idea que se encuentra por fuera de ellxs mismxs. El mensaje es el mismo: ¡Sumisión! ¡Pasividad! “que decidan lxs que `saben´”, “respetemos e imitemos al poderoso porque si está ahí por algo es, dejemos que la Historia siga su curso natural, roguemos por un salvador porque nosotrxs estamos muy ocupados como para salvarnos a nosotrxs mismxs”. Como podemos ver, a diferencia de lo que buscan hacernos creer, ellxs tienen mucha más similitud con lxs burgueses que con nosotrxs. De hecho, creo que podríamos sumar a la lista de nombres de teóricos del Estado (Hobbes, Rousseau y Hume) a Marx y todxs sus secuaces. No por algo la URSS exigió, para prestar ayuda a lxs milicianxs españolxs en la Guerra Civil del ´36, la restauración de un Estado con ejército militar regular, buscando así desarmar al pueblo que ya estaba organizado en milicia, luchando y resistiendo contra el fascismo. Tanto el imperialismo yankee como el imperialismo soviético, como a su vez el fascismo franquista, se veían interesados en sabotear la Revolución Española. Esto, sumado a los propios errores de lxs anarquistas, sepultó la Revolución. Tampoco hace falta irnos tan lejos para hacernos explicar. ¿No vimos hace unos meses atrás, en una de las marchas por Santiago Maldonado, como lxs rojxs tuvieron la desvergüenza de proteger la catedral de lxs revoltosxs que la estaban atacando en un contexto de memoria combativa? Luego, tras las jornadas del 14 y el 18 de diciembre, fueron los mismos partidos de izquierda los que entregaron a sus militantes (a excepción de Sebastián Romero del PSTU el cual se dio a la fuga y esperemos que esté bien)  buscados por la justicia burguesa por haber participado de los disturbios. Es a ellos, como a los burgueses, a los que les aterra la insumisión de lxs explotadxs al Partido, a la vanguardia iluminada, al Orden. Ellxs le tienen miedo a la Libertad, y es entendible. Todo pastor necesita ovejas.

Divide y reinarás

Entonces, ¿por qué “Muerte al Estado”? Porque sin Estado, no hay Capital. No existe uno sin el otro, ambos son las dos caras de la misma moneda, hoy en día fusionados en un Moloch cyber-tecnológico de control y explotación. El Estado moderno, hablando pronto y rápido, fue creado por la burguesía francesa, y luego imitado por las burguesías de cada país. Dado un momento, necesitó seguir expandiendo su mercado, saliendo a la caza del “nuevo mundo” y colonizando África y Sudamérica. El Capital llega al mundo “chorreando lodo y sangre” (Marx). Hoy en día, la burguesía domina todo el Globo a través de la democracia capitalista y las multinacionales. No podría ser de otra forma, ya que toda clase dominante, una vez en el Poder, buscará desarrollar una estructura que le permita reproducir y acrecentar dicho Poder cada vez más. Esa estructura es el Estado de la democracia capitalista. “La institución de la Propiedad, no podría existir sin el Estado, el que concentra el Poder en las instituciones de dominación. Sin las leyes, las armas, los policías y los tribunales, la Propiedad no tendría una base real, ninguna fuerza para sustentarla”[7]

¿Cómo podrían los ricos sustentar su Poder si no hubiese un Estado encargado de educar proletarixs respetuosxs de la patria, la bandera y la ley, dispuestxs a ser trabajadorxs asalariadxs y orgullosxs de serlo? ¿Acaso existiría la policía que se encarga de resguardar las riquezas que nos han robado, y que reprime a la población, tanto en las manifestaciones como en los barrios con el gatillo fácil, y que a diferencia de lo que nos dicen, no combate el delito sino que lo regenta? ¿Cómo se sostendría el statu quo de la democracia capitalista si no hubiese un Estado que les enseña a sus ciudadanxs que el Grupo Clarín tiene todo el derecho a inundarnos de mierda diariamente a través de sus distintos tentáculos, y a la vez tener la cara para hablarnos de la “libertad de prensa”? No compañerxs, se nos tiene que grabar en la cabeza: el Estado es una herramienta de dominación de clases, es por eso que no se le puede utilizar con otra finalidad que la de dominar, y es por eso que Estados Unidos -la meca del Capital desde la Primera guerra mundial- “exporta Democracia y Libertad” hacia otros países aún libres del Estado capitalista. Nos quieren hacer creer que esa es la mejor forma de vivir, o mejor dicho (desde la caída del muro de Berlín), nos dicen que es la única forma de vivir. Su gran truco es hacer pasar los intereses particulares de la burguesía por el interés de todxs. De ahí el pobre de derecha o la clase media que consume toda la mierda que se le arroja. De ahí la Guerra Social de la que hablamos. No es el Estado el que impide que el hombre sea el lobo del hombre como decía Hobbes, sino que es justamente el Estado el que perpetúa que lxs individuos se vean entre sí como enemigxs, como contraposiciones, eliminando cualquier capacidad de comunidad y solidaridad entre ellxs. “Divide y reinarás” era la ley máxima según Maquiavelo, y ese sí que sabía de Política.

Donde hay libertad, no hay Estado

Ahora bien, ¿cómo se podría resolver todo este embrollo? Ciertamente no con “políticos honestos y nuevos” como sugiere la izquierda, el progresismo y los liberales cuando quieren lavarse la cara. En primer lugar, debemos comprender que hoy en día estamos así de mal por la culpa de los políticos, la pasividad y la delegación de responsabilidades. Quiero decir que los líderes y su contracara, la pasividad del resto, son un problema en sí. Somos nosotrxs mismxs (y esto no es casual) lxs que alargamos el problema, nombrando una clase gobernante que se encargará de administrar nuestros asuntos. Como decía Bakunin: “Donde todos gobiernan, ya no hay gobernados, y ya no hay Estado. Donde todos disfrutan del mismo modo de los mismos derechos humanos, todo derecho político pierde su razón de ser”[8]. Elegir representantes cada tanto no es libertad, es esclavitud. En segundo lugar, los diferentes gobiernos marxistas que han existido a lo largo de la historia son más que suficientes para argumentar lo antedicho. La Revolución Social no es algo que se pueda construir desde afuera o desde arriba, “guiando” a las masas. Esa forma de ver las cosas sigue reproduciendo relaciones de dominación. Como siempre decimos: el fin no justifica los medios, sino que el fin debe de estar contenido dentro de los mismos. Si para alcanzar la libertad te organizás de forma autoritaria y pretendes mandar a las masas, en lugar de proponerles y acompañarlas a que ellas mismas se organicen, para que justamente, dejen de ser masa, estás derrotadx desde el comienzo. Más allá de que la complexión económica de un territorio dominado por un Estado comunista cambie, las relaciones de Poder continúan, esta vez ejercidas, no ya por una clase capitalista, sino por una clase burocrática y esta nueva clase, que ya por el simple hecho de administrar el Estado (la ley, la policía, la cárcel, la economía, etc.), generará y desarrollará herramientas para perpetuar su nueva posición de privilegio. El Estado nunca podrá liberar a los individuos porque “como el Estado es un parásito, no puede vivir después de haber matado al cuerpo que lo alimenta”[9]. Donde hay libertad, no hay Estado.

El Estado es la Guerra Social

“¿El Estado es un parásito? Esto es el colmo ya” dicen aún más enojados que antes los autoritarios. “¿Cómo van a decir eso? Gracias al Estado hay familias que reciben sus pensiones, su AUH, jubilaciones, etc. ¿Qué querés que esa gente quede en la calle? ¿Qué se mueran?”. Ese tipo de chicanas son delicadas, pero solo buscan pegar bajo. Tenemos bien en claro que hay gente que vive de la plata que le da el Estado, y de trabajos que el mismo Estado crea; pero si el Estado le da esa plata o ese laburo es porque en primer lugar se la sacó, y porque, como dijimos, el Estado es una herramienta de dominación de clases que tras siglos de lucha contra los pueblos ha ido perfeccionando la ciencia de gobernar, de regular las contradicciones inherentes a un sistema que socializa el trabajo pero no el producto del trabajo. El Estado es un parásito porque nos ha robado la capacidad de auto-organizarnos, nos ha vuelto esclavxs al robarnos la capacidad de auto-determinar nuestras comunidades, nuestras vidas. De hecho, ha destruido la comunidad, condenándonos a vivir en una sociedad de masas en la cual cada vez se busca homogeneizar y atomizar más el terreno. El Estado con toda su educación y su represión histórica nos ha despojado de toda posesión real de nosotrxs mismxs y de lo que nos rodea, a tal punto que hoy en día, el Estado se encuentra incluso dentro de nosotrxs mismxs. Digo, el Estado más allá de ser estructuras concretas -que deben y pueden ser atacadas- desde las que se ejerce el Poder (cárceles, congresos, medios masivos de comunicación, escuelas, comisarías, bancos, etc.), también se encuentra dentro de nosotrxs en nuestra subjetividad. He allí, la eficacia de la dominación; formar sensibilidades sumisas que creen ser libres y que toman sus decisiones. Como dice el Lonko Facundo: “La gente no piensa como quiere, la gente piensa como quiere el sistema”. ¿Acaso la gente va a votar con un fierro en la cabeza? No, la gente va con ganas a votar, siente que está ejerciendo su libertad, y que es parte de la Historia haciéndolo. Siente y cree que el patrón es alguien honorable y que el político debe ser respetado. Siente que las ganas de comprar y consumir cosas son naturales. El Estado está dentro nuestro porque ni siquiera tiene que decirnos que a la hora de protestar lo único que podemos y debemos hacer es ir a marchar y demostrar nuestro enojo de forma pacífica. El Estado está dentro nuestro porque nos matamos entre nosotrxs por plata o por un celular, porque matamos a nuestrxs novixs, porque lxs celamos, porque queremos poseer al otrx, porque competimos entre nosotrxs, porque comemos lo que nos dice y porque nos medicamos con sus remedios como si nosotrxs mismxs lo quisiésemos. Incluso, con las farmacéuticas y los antidepresivos, el Estado ha logrado que dejemos de sentir “depresión” o al menos que la tapemos lo suficiente para seguir soportando esta realidad. Está dentro nuestro porque somos patriarcales y nos relacionamos con las cosas de forma dominante y no solidaria. El Estado no nos une, sino que nos separa. El Estado es la Guerra Social.

Y donde hay guerra no hay solidaridad. Sostenemos y afirmamos que la solidaridad es el arma más revolucionaria de todas. ¿Qué entendemos nosotrxs por solidaridad? Entendemos esto: Organización. El Estado, con su “divide y reinarás”, busca cortar todo lazo de solidaridad entre lxs explotadxs, empujándolxs a competir y al “sálvese quien pueda”. De hecho, como sabemos, la burguesía, tanto a nivel nacional como a nivel internacional, es una minoría. Todas las sociedades divididas en clases sociales y cristalizadas en un Estado son en beneficio de una minoría por encima de una mayoría. ¿Pero cómo puede ser que, a lo largo de toda la Historia, las minorías se las han arreglado para dominar a la gran mayoría? Responder esa pregunta podría ser extenso y no es el interés de este escrito, pero podríamos atinar a una hipótesis: la causa de la dominación de la minoría por sobre la mayoría se debe a que la minoría se encuentra sumamente organizada y coordinada a nivel mundial, y que con el pasar de los años, perfecciona esa estructura de dominación, poniendo mucho énfasis en promover y sostener la des-organización de la gran mayoría sometida. Ése es el fin de la política, del Estado y los partidos políticos. Nos dicen cómo tenemos que organizarnos para cambiar las cosas porque saben que esa forma solo perpetúa la dominación. Generan así, un espectáculo intrincado, lleno de palabras inentendibles que buscan confundir. ¿Cómo saber quién tiene la verdad, si los radicales o los peronchos?, ¿o la tendrá la Izquierda que es tan creativa que tienen al FIT (Frente de Izquierda de los Trabajadores) por un lado, y a la IF (Izquierda al Frente) por el otro? ¿O será verdad lo que dicen los economistas del espectáculo?

Por eso, como anarquistas, creemos que la lucha está en promover la auto-organización de la gente, impulsándola a apropiarse de sus vidas y sus territorios. ¿Por qué permitimos que la policía se pasee plácidamente por nuestros barrios? ¿Por qué hay cada vez más cámaras de seguridad? ¿Por qué hay cada vez más vallas en los parques? ¿Por qué recibimos alegremente a lxs políticxs cuando visitan o inauguran una obra pública o una fábrica? ¿Por qué pagamos mansamente todos los tarifazos que nos meten? ¿Por qué hay que pagar para tener un techo? Porque no poseemos nada. Ni los barrios son nuestros, ni el trabajo, ni los parques, ni el transporte público. Sentimos que nosotrxs le debemos al Estado, cuando es realmente él quien nos debe a nosotrxs. No tenemos nada más que nuestra voluntad para cambiar las cosas. Y las cosas van a cambiar cuando logremos robarle espacio y tiempo al Estado. Cuando comencemos a generar nuevas formas de relacionarnos entre nosotrxs, contrarias a la lógica patriarcal y estatal. Debemos sabotear las bases mismas de este sistema, generando una nueva sensibilidad que no quiera ni dominar ni ser dominada. Y la única forma de construir estas nuevas relaciones es generando organizaciones autónomas del Estado y de sus recuperadores históricos (partidos y sindicatos), que construyan diversas estructuras autónomas pero relacionadas entre sí en base a la solidaridad, en las cuales se pueda expresar esa nueva sensibilidad de la que hablamos. Esas estructuras deberían ser capaces de organizar y defender la nueva vida.

Es por eso que la frase “¡Muerte al Estado, que viva la Anarquía!”, es mucho más profunda de lo que nuestros enemigos quieren que sea.

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Fran Fridom

Notas

[1] La frase “Nunca más” es un claro ejemplo de olvido de la implicancia.

[2] El anarquismo también es una filosofía cuyo corpus teórico nace en Europa, y sufrió un rato de occidentalismo. Esto se observa claramente en Kropotkin y su amor y predilección por la ciencia y la bondad de la naturaleza. Vale la pena leer la crítica de Malatesta al “optimismo kropotkiano”.

[3] Karl Marx y Frederick Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848, fragmento de la primera parte “Burgueses y proletarios”.

[4] Engels.De la primera parte del artículo “Der demokratische Pauslawismus”, publicada el 15 de febrero de 1849 en la Neue Rheinische Zeitung MEW, t. VI, p, 273-274.]

[5] JP Feinmann, Peronismo, Filosofía política de una persistencia argentina, Tomo II, Planeta, Buenos Aires, 2012, p.53.

[6] Pretender realizar un análisis exhaustivo del marxismo y el peronismo citando un par de frases es, obviamente, una locura, pero dichas citas atestiguan muy bien las raíces occidentales-burguesas de dichas ideologías.

[7] Wolfi Landstreicher, La red de la dominación.

[8] Escritos de Filosofía Política, compilado de textos de Bakunin por Maximoff.

[9] Anarquismo y lucha de clases de Albert Meltzer y Stuart Christie. Editorial proyección.


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