Reflexiones en torno al dolor

¿Qué es el dolor? ¿Qué es esa sensación que atraviesa nuestras carnes y nos duele, a pesar de que nada se nos esté clavando físicamente? ¿Qué hacer con ese sentir? ¿Cómo manejarlo? Responder estas preguntas es una de nuestras tantas tareas, ¿pero por dónde comenzar? Empecemos por el ahora.

Actualmente, el dolor está visto como algo negativo, como algo que debe ser negado, y no asumido. Sentirse mal, estar triste, sentir angustia es característico de lxs débiles, y como sabemos, según los ideólogos del viejo mundo que nos llenaron de basura, lxs débiles no sobreviven, lxs débiles son inferiores porque son sensibles, porque tienen sentimientos, y los sentimientos no son buenos para los negocios. El ejemplo más claro se encuentra en las fuerzas represivas: en la yuta, los jueces y los milicos ¿Cómo desalojar a una familia si se tienen sentimientos? ¿Cómo condenar a alguien ha ser confinado entre rejas, vigilado y violentado por años, alejado de su familia, si se tienen sentimientos? ¿Cómo matar a otrxs explotadxs en la guerra si se tienen sentimientos? ¿Cómo despedir empleades si se tienen sentimientos? ¿Cómo desalojar familias si se tienen sentimientos? En el viejo mundo no hay lugar para los sentimientos ni para el dolor. “Yo solo estoy haciendo mi trabajo” es la justificación del llamado “profesional”.

Pero ¡demonios! ¿Cómo puede ser mala la posibilidad de sentir dolor? ¿Acaso el dolor no es como una alarma que nos avisa que algo anda mal? El dolor nos advierte que algo nos está dañando, lastimando. Puede ser un cuchillo que nos clavan en el muslo, o puede ser el dolor de ver sufrir a otra persona. El corazón se me estruja cada vez que veo una familia en la calle. Sea por la razón que sea, cuando el dolor llega, no debemos evitarlo, sino todo lo contrario, debemos asumirlo. ¿Por qué? Porque el mismo, siempre y cuando logremos superarlo, nos va a volver más fuertes. Las cosas se superan cuando se las asume y se las utiliza para ir más allá, y no cuando las hacemos a un lado. De hecho es imposible hacerlas a un lado, tarde o temprano, regresan, y cada vez con mayor insistencia y poder sobre nosotres. Mirar hacia otro lado no es una opción.

Para enfrentar al enemigo, primero debemos enfrentarnos y derrotarnos a nosotres mismes. El Estado está dentro de nosotrxs  y nos ha contaminado a tal punto que no sabemos reconocer nuestras fuerzas, que no nos conocemos, nos tenemos miedo, tenemos miedo de ser otra cosa. Un francés decía que “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Es hora de que empecemos a hacer algo con lo que hicieron de nosotrxs. ¿Cuántxs de nosotrxs pueden mirarse al espejo y decirse sinceramente que están conformes con la vida que llevan, con sus éticas? ¿Realmente estamos dando lo mejor de nosotres para cambiar las cosas? ¿Estamos realmente dispuestes a salir de la comodidad y desarrollarnos libremente? Es hora de romper nuestras cadenas, esas que nosotres mismes mantenemos, y eso, necesariamente, produce dolor.

Pongamos como ejemplo nuestro cuerpo, el cual se maneja de la misma forma que la mente, ya que en el fondo son la misma cosa. Cuando nos rompemos un brazo, una pierna, o cualquier otro hueso del cuerpo, nos ataca un dolor grave e intenso. Este dolor dura el tiempo necesario y va disminuyendo con el pasar del tiempo si es correctamente asistido. Lo interesante es que una vez que un hueso roto se vuelve a soldar, volver a romperlo va a ser más difícil, ya que, literalmente, cuando el hueso se recompone en el lugar que se había roto, la soldadura es más fuerte que antes. Sin embargo, primero fue necesario un rompimiento.

Pero como suele suceder, si no aprendemos a utilizar correctamente nuestras armas, las mismas se nos pueden volver en contra. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que no podemos pasarnos de sensibilidad, no podemos dejar que ese dolor que se nos clava, esa angustia que sentimos y que nos está diciendo que algo no anda bien, nos coma la cancha. Suele suceder y no por azar, sino porque hemos sido formateadxs de esta manera a través del proceso de normalización y adoctrinamiento del sistema educativo estatal, que reprimimos ese dolor, pensando que es completamente individual y personal y no del colectivo. “Si el resto no dice nada, es porque yo soy quien está mal”. También eso es algo que la psicología y la psiquiatría, si no están acompañadas de una dimensión social, suelen reproducir. Patologizar el dolor en les individues, separándoles de su entorno.

El dolor es información que podemos utilizar en nuestro favor.

Fran Fridom


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