G20: un circo al servicio del Capital

La Argentina busca construir un consenso que permita que todos los países se comprometan con un desarrollo equitativo y sostenible que genere oportunidades para todos. Esto está en línea con las preocupaciones y las aspiraciones de la región: aprovechar el gran potencial económico de Latinoamérica y el Caribe para avanzar hacia la erradicación de la pobreza.

Objetivo de la Argentina para su presidencia del G20

 

El G20, o Grupo de los 20, es el principal foro internacional para la cooperación económica, financiera y política: aborda los grandes desafíos globales y supuestamente busca generar políticas públicas que los resuelvan. Está compuesto por la Unión Europea y 19 países: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía. El G20 comenzó como un foro de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales y fue creado el 25 de septiembre de 1999 en una reunión de ministros de Finanzas del G7, que vieron la necesidad de contar con un grupo más inclusivo, que genere un mayor impacto; es decir, mayor impacto de violencia social y económica sobre las poblaciones vulnerables del planeta subordinadas a las decisiones de los dueños del mundo.

Repartir los beneficios de la globalización

El ciclo concluye con la Cumbre de Líderes, donde se firma una declaración final por la que los líderes se comprometen a abordar y colaborar en los temas tratados. Por ejemplo, en la Cumbre de Hamburgo, en 2017, los líderes acordaron limitar el proteccionismo, comprometerse con un sistema de comercio internacional regulado y favorecer políticas que repartan los beneficios de la globalización. “Repartir los beneficios de la globalización”, manera sugerente de solapar lo que estos “beneficios” son: la constante violencia sistematizada a través del desarrollo civilizatorio que incrementa la concentración de riqueza que se traduce en hambre, miseria, genocidios y despojos de pueblos enteros. La globalización abstracta no existe, lo que existe es el acto de globalizar, es decir, de colonizar. La globalización, como nominalización abstracta, es un eufemismo de la colonialidad económica y financiera de este tiempo histórico del capitalismo. Por otra parte, en este marco de colonialidad de cuerpos, subjetividades y territorios, el binomio ajuste-represión es una lógica constante que se entrelaza y retroalimenta. En este aspecto, podrían explicar si los $1.718.785.989 ($180.899.840 destinados a seguridad e inteligencia) que se invirtieron en la organización del G20 están dentro de “los beneficios que reparte la globalización”.

En la página oficial del G20 Argentina comunican que “los debates del G20 se ven enriquecidos por la participación de las organizaciones internacionales socias, los países invitados y los grupos de afinidad, que representan a distintos sectores de la sociedad civil”. Para ampliar el alcance y el impacto de la miseria sistematizada, y para garantizar que su enfoque sea realmente global, se invita a participar a los principales organismos internacionales del hambre, como las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

También advierten que “El cambio tecnológico es extraordinario en su magnitud y en su velocidad. El surgimiento de nuevas tecnologías ha dado lugar al desarrollo de nuevas formas de trabajo que están cambiando rápidamente los procesos de producción en todo el mundo. Las respuestas de política deben asegurar que la adopción de los cambios tecnológicos no generen exclusión, desintegración social o reacciones adversas”. En este sentido, la retención deliberada de la tecnología para no proveer bienes al conjunto de la sociedad es una decisión política que genera  escasez como base de este sistema para garantizar la exclusión de los individuos vulnerados. El cambio tecnológico, siempre y cuando esté alineado a las necesidades del Capital, será utilitario para perpetuar la escasez y la creación de nuevos empleos que no contengan perspectivas de libre desarrollo individual y colectivo. Las “reacciones adversas” de este cambio es un problema político en relación con restringir la eficiente aplicación de la tecnología para no generar bienestar económico y social para las poblaciones.

Lavarle la cara al Patriarca-Estado

El G20 busca enriquecer el contenido de sus diálogos fomentando la participación de la sociedad civil a través de los grupos de afinidad. Por ejemplo, uno de estos grupos es el Women 20 (W20): “Impulsaremos el empoderamiento de las mujeres, la eliminación de disparidades de género en el empleo, la ciencia, la tecnología y la educación, y la protección contra todas las formas de violencia basadas en género”. Lo único que este circo de la violencia internacional hace es ciudadanizar la lucha, convertir una oposición real como el feminismo en mercancía global. Transfigurar perspectivas que van en contra del patriarcado y del Estado al servicio del mismo: la eterna apropiación de la Máquina. Por este motivo, es necesario visibilizar estas lógicas cíclicas opresivas que se efectivizan en lo coyuntural. El Estado, históricamente, realiza dos acciones: o se apropia de las luchas o elimina cualquier posibilidad de práctica de libertad. La burocratización e institucionalización de lo vital son ejemplos de ello.

Disputar lo vital

¿Qué institución material e ideológica nos ha expuesto a la constante violencia sistemática y planificada y se ha apropiado de lo vital? ¿Qué institución nos “protege” y nos violenta? La respuesta la encontramos en el Estado, no solamente como la institución jurídico-política que administra la ley y el monopolio legítimo de la fuerza, no como el poder soberano que “hace morir o deja vivir”, sino también como lógica opresiva milenaria y totalitaria que “hace vivir o deja morir”. Es decir, es necesario ver al Estado como una concepción que condensa la negación de la libertad a través de una ética de la propiedad privada de los cuerpos, de la vida y de los vínculos.

Podemos llegar a pensar que esta fantasía económica de la cumbre del G20 sucede en Argentina porque el clima político lo permite, porque el contexto neoliberal del país es propicio para que Argentina sea la sede y, a raíz de esto, razonar que es por falta de un Estado presente que rechace dicha cumbre. Sin embargo, la ausencia explícita del Estado es una política estatal de la presencia. Si en un momento histórico político-social el Estado se hace ausente es debido a una decisión estatal sistemática de la presencia. Es decir, al decidir que no está se hace presente en el acto. ¿Cómo? Recordándonos efectivamente que nos robó la capacidad de la toma de decisiones por la comunidad misma, que no somos capaces de generar redes de contención, apoyo muto y solidaridad por fuera de la omnipresencia de éste ya que ha acaparado todos los medios materiales y las herramientas intelectuales (a pesar de que constantemente generamos lazos de afinidad, colectivos, agrupaciones, pero debido a la dispersión o fragmentación, no tienen la fuerza suficiente para oponerse a la totalidad de la mercantilización de lo vital). El Estado, si ahora está “ausente” es porque antes estuvo presente durante milenios precarizando la vida.

Entonces, si la clase dominante se organiza en cumbres internacionales a través de los títeres presidenciales, ¿por qué no comenzar a organizarnos fuertemente de manera federativa, desde lo micro a lo macro, desde la afinidad, desde lo barrial, desde lo comunal? ¿Por qué no empezar a disputar lo vital desde el territorio, desde los afectos, desde la palabra tanto oral como escrita, desde la alimentación, desde lo artístico, desde la vincularidad anárquica?

¿Cómo disputarle a esta lógica opresiva lo vital entendido como la necesariedad de una fuerza anárquica que permita sedimentar cuerpos individuales y sociales libres, autónomos pero relacionales? ¿Cómo tejer esos enjambres de resistencia y de existencia? Una de las maneras puede ser reconocer e identificar que este circo que presupuesta la precarización de la vida prohíbe y da muerte pero también es productivo, estratégico y positivo; es decir, “hace vivir” mediante políticas estatales que hacen de la vida y de las relaciones algo cuantificable, medible y utilitaria para el Patriarca-Estado-Capital. Es decir, para seguir fomentando relaciones, tratos y lógicas machistas, para seguir creyendo que nuestras vidas, nuestras comunidades, tienen que someterse a la violencia de la inmaculada ley estatal que ajusta y reprime, y para que nuestros cuerpos circulen como mercancía en el engranaje del Mercado.

Visualizar críticamente estas nociones nos permitirá ir construyendo un mundo vincular y comunitario en el aquí y ahora que se opone a lo comprable y vendible, que establece límites a la cosificación de la vida, a la mercantilización de lo vital y forja conceptos, prácticas y afectos que desarrollan una vida más vivible para terminar la Guerra.

Roscigna

 

 

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