Editorial (#7)

“No queremos convencer a nadie. No nos sentimos a salvo del fascismo que nos atraviesa los cuerpos y la vida cotidiana. Pero si convocamos a lxs compañerxs inquietxs, a quienes arden en preguntas, a quienes hacen el murmullo de los pasillos, a lxs pervertidxs de siempre que jinetean los flujos, a lxs conjuradxs del deseo aunque todavía no existan, es porque invocamos a la inquietud, al fuego, a la pregunta, al murmullo, a la perversión, a la destrucción concertada del orden establecido”

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Se escucha un grito

Nadie desea que sus capacidades sean determinadas por alguien más, ni sus posibilidades coartadas, ni su integridad de cualquier tipo violada. En el fondo todxs somos anarquistas, desde lxs que nos autoproclamamos así a quienes caminan por la calle odiando sus trabajos y llenxs de cansancio. Toda derecha que se ve en crisis toma el miedo de la pobreza, el miedo por la supervivencia, como oportunidad para expandir su poder. Lxs refugiadxs, que ya fueron tocados por las guerras que causa el Capital, ahora son un blanco en otra parte. El capitalismo crea el problema y en su oferta de una solución sólo se ayuda a sí mismo.

Pausa o Muerte

En el preciso instante en que el discurso verborrágico y carente de sentido de nuestro simpático orador se tornó, no solo indescifrable, sino también interminable, se me ocurrió pensar qué sucedería si los embajadores de la felicidad política se ahogaran con su propio cinismo. Si al llegar a un grado tal de falsedad cínica insoportable para la dignidad humana, la palabra, con toda su vitalidad arrolladora, se sintiera tan ultrajada por la forma y para la finalidad que se la está utilizando, que no permitiera realizar un corte, un suspiro, una pausa para brindar aire a nuestro divulgador del diálogo.